En la era del capitalismo maduro y el trabajo precario, «una parálisis ansiosa coloniza la acción y el discurso«, sentencia el filósofo, semiólogo, académico y activista político italiano de raíz marxista. No falta potencia en el «animal humano»: hay, por el contrario, una sobreabundancia que por diversos motivos no deriva en actos «cuidadosamente forjados». La consecuencia es un «catálogo de pasiones tristes».

Sobre la impotencia, la vida en la era de su parálisis frenética, de Paolo Virno y editado por Tinta Limón Ediciones, pone en palabras un síntoma actual que seguramente a varios los haga sentirse menos solos. Así comienza el libro –un primer párrafo sin desperdicio, al nudo–:

«Las formas de vida contemporáneas están marcadas por la impotencia. Una parálisis ansiosa coloniza la acción y el discurso. Ya sea que esté en juego un amor sin igual o la lucha contra los señorones del trabajo precario, no se logra hacer aquello que sería más conveniente ni tampoco sufrir de manera apropiada los golpes a los que se está sometido».

Filósofo y semiólogo, académico y activista político italiano de raíz marxista, Virno construye una pintura del modo (bastante tétrico) de vivir contemporáneo. Para ello, apela al léxico de Aristóteles y, en algunos momentos, a un humor ácido. El texto –muy breve, apenas poco más de 100 páginas– pasa de la simpleza a ideas de suma complejidad.

El problema actual, el que da origen a la impotencia, no es la falta de dynamis (nombre antiguo de la potencia). Hay, por el contrario, una sobreabundancia de potencia, que;

«Impedida por muchas y diversas razones de convertirse en un conjunto de actos cuidadosamente forjados, no hace más que estancarse y atormentarse».

Las metáforas culinarias siempre sirven para ilustrar cierto estado interno: nuestra dynamis sería como esa comida que llena la heladera y se echa a perder.

«Atención: impotente no es quien adhiere con tristeza a la cláusula negativa, por lo tanto a la potencia-de-no, sino quien permanece mucho tiempo en el umbral donde dos cláusulas están una al lado de la otra, con un valor tan parejo como para implicarse mutuamente (…). Estar durante mucho tiempo en ese umbral, hipnotizado por la viscosa solidaridad de potencia e impotencia, no significa otra cosa que omitir una vez más la transformación de las propias facultades en obras y acciones ostensibles», define el autor.

Como consecuencia, la aparición de un «catálogo de pasiones tristes«:

«arrogancia manchada de abatimiento, timidez descarada, alegría por los naufragios, resignación beligerante, solidaridad refunfuñante».

Existen tres tipos de actos: los vinculados a la potencia de hacer, los implicados en la potencia de recibir y las «acciones negativas» (no hacer o no recibir, por ejemplo: omitir, abstenerse, evitar, renunciar, descuidar, aplazar, demorar, etcétera). Dentro de los segundos, Virno explora qué sucede en el «animal humano» a la hora de sufrir: en las formas de vida contemporáneas predomina la «incapacidad de soportar».

Deberíamos aprender de nuevo a recibir los acontecimientos, para dejar de caer en «excitaciones nerviosas» procuradas por «un hacer inducido y sincopado, tan incontenible como un eructo o un hipo» o «reacciones pávidas y coléricas».

Todas estas cuestiones tienen su marco: el capitalismo maduro; la era del trabajo precario (como ejemplos, riders y call centers). En este contexto ocurre una guerra civil –metafórica y literal– entre los hábitos de administrar y de usar nuestra potencia. Una «meticulosa, astuta y febril» administración de las facultades propias, un «celoso mantenimiento», se desarrolla en detrimento de su uso. La tarea, propia del fordismo y el taylorismo, ha sido reemplazada por la performance. Otrora había «explotación intensiva» pero no impotencia.

En cambio, la performance –en tanto prestación motriz o cognitiva– es una «ejecución nunca pronosticable, requerida o impuesta por circunstancias efímeras y sorprendentes», un «prototipo que no inaugura ninguna serie», y «descansa sobre el eclipse del uso como eslabón intermedio entre potencia y acto». La «actitud dominante» en trabajadores y hablantes es un «agotador estar listos». Deben reservar una «disponibilidad taquicárdica», porque la performance está siempre «al acecho, a punto de arruinar cualquier continuidad uniforme».

«El impotente espera con los dientes apretados la ocasión impredecible en la que hacer no se sabe qué cosa. Ni distraída ni abúlica, su espera es incluso atareada, marcada por espasmos musculares, imágenes mentales sincopadas, comienzos apenas esbozados y abortados de inmediato.»

En Instituciones, sexto y último apartado, la pregunta es por los caminos que se abren para «quitarse de encima» este sentimiento. El filósofo expone «consideraciones lógicas, no éticas, mucho menos políticas». La solución no está en la nostalgia. Virno traza un «hipotético modo de ser y de operar» de «instituciones republicanas, ni soberanas ni estatales», al servicio de la organización de la «multitud precaria», del ejercicio del uso, la praxis colectiva, la repetición experimental, la rutina sin guion.

Imagina una institución «sin raíces autónomas», con íntima relación con la impotencia y la renuncia, que apunte a omitir la omisión, abstenerse de abstenerse, aplazar el aplazamiento. Institución que «se adhiere como un guante al identikit de la impotencia contemporánea. O mejor dicho, se adhiere a él como guante de la fábula, deseoso de terminar con la mano que cubre».

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